Sábado, 10 de noviembre, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica
(Cartas del cielo, escritas por Iván Valarezo)
GLORIENSE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR
«Gloríense en el nombre santo de su Hijo amado», nuestro Señor
Jesucristo, en sus corazones eternos, mis estimados hermanos y mis
estimadas hermanas, para que vean la vida eterna», desde hoy mismo y
por siempre» en la nueva eternidad celestial. Pues, también,
«alégrense día y noche los corazones en toda la tierra, de los que
buscan a nuestro Padre Celestial, en el espíritu del amor, la verdad,
el derecho y de la justicia de su fruto de vida eterna» (la única
puerta abierta de la antigüedad y de siempre para entrar en el reino
de Dios), ¡nuestro Señor Jesucristo!
Por ello, «escudriñen en sus corazones a nuestro Padre Celestial y a
su poder sobrenatural de su amor infinito, para vivir mejor siempre
sus vidas en la tierra y en el más allá, también», como en La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo» (La Jerusalén Infinita del
cumplimiento perfecto de la Ley de Moisés y del Mesías, para la
eternidad). En la ciudad de Dios y del nuevo reino celestial, «en
donde habitaran las naciones y sus familias por siempre, honrando el
Espíritu de la Ley de Dios y de su Mesías en sus nuevas vidas
infinitas: porque el salvador de sus vidas es el Señor Jesucristo, el
Hijo de Dios (el gran rey Mesías de Israel y de las naciones).
Pues así «buscaran continuamente su rostro, mirando al cielo, para que
sus corazones brillen de alegría eterna desde ya», en vez de brillar
en las tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos, de las
profundidades de la tierra y del infierno, también. Si, «glorificarnos
en el SEÑOR por medio del nombre santo de su Hijo amado es realmente
vivir la vida perfecta y del cumplimiento de la Ley de Moisés y del
Mesías, en la tierra y así también del paraíso y del nuevo reino
celestial», para no volver a ofender a nuestro Creador jamás con
nuestras palabras, ni con nuestras acciones equivocadas.
Entonces «esto es de brillar sostenidamente en la luz de la nueva vida
infinita de sus almas eternas, por la palabra de Cristo, la cual sus
mismos corazones y espíritus sedientos y hambrientos, por el Espíritu
del amor, la verdad, el derecho y la justicia del Árbol de la vida,
buscan incesantemente en sus corazones y en sus espíritus infinitos
hasta encontrarlo». Y esto es «de encontrar a su Dios y Creador de sus
vidas, en la tierra o en algún lugar de la creación, como en el reino
de los cielos o como en La Nueva Jerusalén Perfecta de la nueva vida
infinita de Dios y de sus seres muy amados», como ángeles y hombre,
mujeres, niños y niñas de las naciones.
Porque «el espíritu del corazón y del alma del hombre de la tierra,
así como Adán en el paraíso, tiene que amar y glorificar al Creador de
su vida, de una manera u otra, para entonces aprender a vivir su vida
normal», por la cual nuestro Dios lo creo en el comienzo de todas las
cosas, en el cielo. Y «esto es verdad con cada uno de nosotros, en
nuestros millares, en toda la tierra, comenzando con la primer vida
humana del paraíso, por ejemplo», desde el primer día que vio la luz
del día en su vida, para encontrar en un día como hoy: al dador de su
vida infinita, por medio de su Hijo amado, ¡el Cristo!
En vista de que, «la gloria del corazón y del alma del hombre es de
haber encontrado a su salvador personal y confesarlo día y noche y por
siempre con sus labios: como el Hijo amado de Dios, en esta vida y así
también en la eternidad», para alcanzar nuevas victorias eternales
para nuestro Padre Celestial, en el reino de los cielos. Porque «la
verdad es que ningún ser viviente del cielo como los ángeles, o de la
tierra como hombres, mujeres, niños y niñas, no podrán conocer, ni
menos vivir sus verdaderas vidas, por las cuales fueron creados en el
principio de las cosas», para el propósito supremo de servirle a su
Dios y a su nombre santísimo, en la eternidad.
Por cuanto, el ser creado, «el cual no ha gustado jamás del fruto del
Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, entonces no está al tanto
en su corazón y en todo su espíritu angelical o humano, como es vivir
objetivamente y físicamente su verdadera vida del paraíso o de la
tierra», por ejemplo. Es decir, que ese ser viviente, sea ángel del
más allá u hombre, «está realmente muerto para si mismo, para Dios,
para el Señor Jesucristo, para su Espíritu Santo y para los ángeles
fieles: porque su luz no es la de Cristo, sino de las tinieblas del
bajo mundo, como de las profundas oscuridades del más allá».
Y esto es, literalmente, «de donde lo levanto para formarlo en su
imagen y conforme a su semejanza celeste, para que sea el hombre hecho
un ser viviente para gloria infinita de su nombre eterno, por ejemplo,
en el cielo o en cualquier lugar de toda su vasta creación». En
verdad, aquel ángel perdido y así también aquel pecador o pecadora de
la tierra, realmente, «no podrá jamás conocerse a si mismo, porque no
puede ver nada de nada con sus ojos sumergidos en las profundas
tinieblas del más allá»: en donde Cristo no es honrado, ni su Ley
Divina tampoco es cumplida de ningún modo, desdichadamente».
Es por eso, que desde nuestra creación en el cielo, «estamos llamados
por nuestro Padre Celestial ha gloriarnos por siempre en el Espíritu
de su nombre muy santo y de su Ley Inmortal, en nuestros corazones, en
nuestros espíritus y en nuestros cuerpos humanos», para gloria y para
honra infinita de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y así
realmente «jamás se olvidaran de las maravillas que ha hecho su Dios
infinito, de sus prodigios y de los juicios de su boca, por ejemplo,
para que sus almas eternas entiendan que tienen un redentor
prodigioso, y que les ama de todo corazón en el cielo y en la tierra,
igual», eternamente y para siempre.
Porque «nuestro Dios nos ha manifestado de su amor eterno, cuando nos
entrego su mismo corazón y a su misma vida santa y perfecta del cielo,
nuestro Señor Jesucristo, para que cada uno de nosotros, en nuestros
millares, nos acerquemos a Él, para ver y vivir la felicidad infinita
del cielo juntos a él, hoy y en la eternidad. Y así también, «el
Espíritu Santo de nuestro Padre Celestial no ha cesado de descender
del cielo, desde los primeros días del génesis (génesis 1:2), por
ejemplo, para entregarnos del Espíritu de la Ley de Moisés y del
Mesías», para finalmente todos nosotros entrar en la plenitud de la
vida y de la gloría eterna, del nuevo reino celestial.
Y «ésta plenitud de la vida eterna es nuestro Señor Jesucristo», ¡el
único posible salvador de Israel y de las naciones de la tierra, en la
antigüedad, hoy en día y para siempre! Pues bien, sin pensarlo más,
«gloríense en el nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, y así comenzaran a hacer el corazón santísimo de nuestro
Padre Celestial muy alegre, como jamás lo podrán hacer tan alegre los
ángeles del cielo, por ejemplo», (porque únicamente nosotros somos
carne viva y humana y más no ellos, los seres celestes).
Dado que, «sólo en el Espíritu de vida y de salud infinita del Señor
Jesucristo, viviendo en nuestros corazones y en nuestros espíritus
humanos, realmente, es que nuestro Dios encuentra la nueva felicidad
soñada en su corazón santísimo», por la cual nos llamo desde las
profundas tinieblas de la tierra, para gozarla con él y en la nueva
eternidad celestial. Por lo tanto, «gloriarse en el nombre sagrado de
nuestro Padre Celestial, realmente, es algo que los ángeles caídos de
Satanás desearían hacer, pero no pueden --ni podrán jamás», sólo los
hombres, mujeres, niños y niñas de las naciones de la tierra, como los
ángeles fieles del cielo a su nombre santísimo, por ejemplo.
No, «no podrá jamás ninguno de ellos gloriarse en el SEÑOR, por más
fuerte y glorioso que sea su espíritu celeste, por su rebelión en
contra de Dios, en contra del Señor Jesucristo y en contra de su Ley
Divina, en el cielo y así también en el mundo entero, como en el
vaticano y sus adoradores de ídolos espantosos, por ejemplo.
Seriamente, «no lo podrán hacer así en sus vidas jamás, ni una sola
vez más, ni como en la antigüedad, por más que se aferren hacerlo así
en sus vidas perdidas en el abismo del olvido eterno, porque han
muerto sus espíritus para la verdad, para el derecho y para la
justicia de la Ley de Moisés y del Mesías».
Porque en realidad ésta era la felicidad de sus corazones en el cielo,
«cuando cada uno de ellos antes del pecado y la rebelión, le servia a
su Dios y Fundador de su vida, como los demás ángeles fieles a Dios y
a su Mesías, para glorificar con cánticos de alabanzas y de honras
infinitas a su nombre salvador». Y «éste nombre salvador es el de su
Hijo amado, en los corazones de cada uno de los ángeles del cielo y
así también, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, sin hacer excepción de persona alguna jamás, en
todos los lugares y en todos los tiempos de la vida de la tierra».
Pero «toda ésta felicidad divina de sus corazones se les fue de ellos
para no volver jamás, como en el día que pecaron en contra de Dios: al
no comer, ni beber del Árbol de la vida eterna, para seguir siéndole
siempre fieles a su Dios y a su nombre santo en el cielo y en la nueva
eternidad infinita». De hecho, los ángeles caídos murieron para
nuestro Padre Celestial en el reino de los cielos, como para no volver
jamás de nuevo a sus vidas celestiales y de gran gloria infinita:
porque ya no podían glorificar el nombre muy santo de nuestro Padre
Celestial en sus corazones eternos, por medio de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!
Ya que, el Señor Jesucristo se constituyo, por ellos mismos y por
mandato de Lucifer (Satanás) como su enemigo eterno en toda la
creación, eternamente y para siempre. Y «el que se constituye enemigo
de Cristo, en realidad, es enemigo de Dios, en esta vida y en la
venidera, también, para siempre». Por lo tanto, «su corazón, ni su
alma, ni ninguna parte de todo su ser viviente, sea ángel caído u
hombre o mujer rebeldes a Dios y a su Hijo amado, su único fruto de
vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, podrán realmente glorificar
jamás el nombre de su Creador Celestial, en sus corazones eternos.
Y, por ende, esto es muerte eterna para cualquiera, en el más allá o
en la tierra de nuestros días, también, por ejemplo. Y «nuestro Padre
Celestial no está buscando la muerte o el mal de nadie, sino sólo la
gloria infinita que justamente le pertenece a él y a su nombre muy
santo, por medio del Espíritu de la vida y de la sangre gloriosa de su
Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo!
LOS QUE CONOCEN EL NOMBRE DE DIOS, ENTONCES CONFIAN EN ÉL ALEGREMENTE
Pues ciertamente «en nuestro Padre Celestial confiarán los que conocen
su nombre muy santo en sus corazones eternos y en sus espíritus
humanos, también, para invocarlo siempre en momentos difíciles y de
grandes pruebas y de angustias insoportables de sus vidas, por
ejemplo, por causas del enemigo en sus vidas». Puesto que, «nuestro
Padre Celestial jamás los abandono, ni por un sólo instante de sus
vidas, ya que lo buscaron de todo corazón en la antigüedad para ser
hallado de ellos y de los suyos, también, en todos los momentos de sus
vidas en la tierra«, para ser bendecidos por él por siempre y aún
hasta en el más allá, también.
Además, «aunque el enemigo de sus vidas mentía y calumniaba una y otra
vez en contra de ellos y hasta no más poder, nuestro Dios se mantuvo
fiel y firme a su nombre santísimo y a su palabra viva en sus
corazones, para ayudarlos, fortalecerlos y entregarles de sus ricos y
gloriosos dones de su Espíritu Santísimo y sin medida alguna,
también». Y «nuestro Padre Celestial hacia todas estas grandes
misericordias por cada uno de ellos, porque los ama perpetuamente por
amor a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo» (el único posible
salvador de sus almas y de sus vidas eternas para el paraíso, para la
tierra, de nuestros tiempos, por ejemplo, y para la nueva vida
infinita de la Jerusalén Eternal).
Porque de esta manera sobrenatural, entonces nuestro Dios se gloriaba
en ellos en el cielo (y ellos en él en la tierra), para testimonio de
muchos: «para que entiendan que hay un Dios Soberano en los cielos que
lo ve y lo oye todo en la tierra y aún debajo de las aguas de la
tierra, también, para hacer justicia siempre». Pues nuestro Padre
Celestial ama a los que aman a su Hijo amado, su Árbol de la vida
eterna: «porque sólo en su Espíritu y en su vida santísima, derramada
por la tierra con su sangre inmortal, para perdonar el pecado y para
salvar el alma del hombre del castigo y del fuego eterno del
infierno».
Entonces sólo el Señor Jesucristo es el camino, la verdad y la vida
real que lleva a todo ángel del cielo y así también a todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera «al conocimiento y
finalmente a la presencia gloriosa de Dios, nuestro Padre Celestial
que está sentado en el trono de la gloria y la gracia infinita». Fue
por esta razón, que después de haber creado nuestro Padre Celestial al
hombre, entonces «lo llevo de la mano por el camino del amor, de la
verdad, del derecho y de la justicia infinita, para que se encuentre
con su Hijo amado, el Señor Jesucristo, cara a cara, y no separarse de
Él jamás».
Para que de esta manera única, «el hombre entienda en su corazón
eterno, que todo aquel que ve al Árbol de la vida, al gran rey Mesías
del paraíso y de la nueva vida infinita, entonces realmente está
viendo al Creador del cielo y de la tierra», ¡nuestro Padre Celestial!
Porque «nuestro Padre Celestial y su Árbol de la vida son uno en el
poder sobrenatural del Espíritu de la vida eterna de la Ley de Moisés
y del Mesías, en el paraíso y en toda la creación, como en la tierra,
de nuestros días y de siempre», por ejemplo.
Es decir, también, como nuestro Señor Jesucristo le respondió a sus
apóstoles, especialmente a Felipe, cuando le decía: Muéstranos al
Padre y no basta. Y el Señor Jesucristo le dijo: «el que me ha visto,
verdaderamente, ha visto al que me envió...» (Juan 12: 22). Y así el
hombre aprenda de Él, es decir, de su misma vida eterna, todo lo que
tiene que saber en su vida terrenal y celestial, para conocer a su
Creador, en los días venideros de su nueva vida infinita delante de
Dios, de su Espíritu y de sus ángeles, para glorificarse continuamente
en su Dios, hoy y en la eternidad».
Es decir, «ya porque el hombre viva su vida celestial del paraíso, en
el paraíso, esto no significa en nada que conozca a su Dios y Fundador
de su nueva vida infinita, si aún no ha tenido un encuentro de persona
a persona con su Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo»,
¡el gran rey Mesías de todos los tiempos! Y, además, «nuestro Padre
Celestial deseaba ser conocido de Adán, pero sólo por medio del fruto
del Árbol de la vida eterna y más no de ningún otro árbol del
paraíso», como el árbol de la ciencia del bien y del mal, por
ejemplo.
Puesto que, «con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal,
el hombre desciende del paraíso a la tierra y hasta finalmente
terminar su vida perdida infinitamente en el bajo mundo de los
espíritus perdidos, de los ángeles rebeldes a Dios y a Jesucristo, en
el más allá». Pero, sin embargo, «sí Adán hubiese probado y gustado
del fruto del Árbol de la vida, como nuestro Padre Celestial se lo
estaba ofreciendo a él, en aquellos días del cielo, entonces hubiese
ascendido su vida del paraíso hacia una vida mejor y perfecta, para
tener una relación intima y sumamente gloriosa con su Dios y Fundador
de su vida».
En otras palabras, nuestro Padre Celestial le estaba enseñando a Adán
y así a sus hijos e hijas: «el camino que lleva a la puerta que se
abre desde el paraíso para entrar a la vida eterna del reino de los
cielos del más allá, de Dios y de sus ángeles santos y muy fieles a él
y a su nombre bendito». Pero «Adán jamás entendió ésta gran verdad en
su corazón, no hasta que fue demasiado tarde para él y para sus
descendientes, comenzando con Eva su esposa, por ejemplo».
Entonces «cuando Adán y Eva comieron del fruto prohibido, en aquel
momento, la puerta que se abre para descender del paraíso a la tierra
se abrió, para cerrarse tras de ellos». Porque «ésta puerta no se abre
para entrar o para regresar al paraíso, sino sólo para salir de él
hacia la tierra o hacia su bajo mundo, el infierno o el lago de
fuego». Y «ésta puerta del paraíso a la tierra es, ni más ni menos, el
fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal».
Es por eso, que «el espíritu de la ciencia del bien y del mal reina
sublime en el corazón del hombre en todos los lugares de la tierra,
para aprender de su pasado y de lo que será de su futuro, también,
según el conocimiento de las diferentes ramas de la ciencia y de la
sabiduría del espíritu humano», por ejemplo. Pero «si Adán hubiese
comido del fruto de la vida, entonces la puerta que se abre en el
paraíso para entrar en la tierra santa del reino de Dios se hubiese
abierto para él y para sus descendientes, también: para que sólo el
Espíritu de la vida y de la sangre sagrada del Señor Jesucristo reine
sublime en sus vidas infinitamente».
Y sólo así «entonces Adán y sus descendientes hubiese llegado a
conocer a su Dios y Fundador de su vida de persona a persona, desde el
principio, tal como siempre ha sido y será en la nueva vida infinita
del nuevo reino celestial, por ejemplo, como en La Nueva Jerusalén
Santa e Infinita del Árbol de la vida eterna. Realmente, «sólo nuestro
Señor Jesucristo ha sido y seguirá siendo el Espíritu de amor, gracia,
verdad, derecho, justicia, paz, inteligencia, poder, sabiduría
infinita y gloria, para poder no sólo salvar nuestras almas del
peligro del pecado y de su muerte eterna en el lago de fuego, sino
también para conocer a nuestro Padre Celestial infinitamente, en
nuestras nuevas vidas eternales».
Porque «sólo nuestro Señor Jesucristo es el Espíritu real y verdadero
que nos lleva día y noche a la presencia santa del Creador de nuestras
vidas en la tierra y de nuestras nuevas vidas celestiales del paraíso
y de La Nueva Jerusalén Celestial, para seguir sirviéndole y
glorificándole a él y a su nombre santísimo», lleno de amor y de honra
sin igual. Y sólo entonces «habremos descubierto nuestro verdadero
propósito de vivir en el paraíso, de vivir en la tierra y de empezar a
vivir nuestras nuevas vidas infinitas de La Nueva Jerusalén
Glorificada», gracias al Espíritu de la Ley de Moisés y del Mesías,
cumplida soberanamente en nuestras vidas infinitas, para glorificar el
nombre de nuestro Dios mucho más que antes.
NUESTRO DIOS ES BUENO PARA CON LOS QUE ESPERAN EN ÉL, SIEMPRE
Misericordioso es nuestro Padre Celestial «para con los que en Él
esperan, para que el alma que le busca entonces viva feliz sus días de
vida por la tierra y hasta que se vuelva a encontrar con Él», en el
cielo (o en la tierra, también, si así Él lo desease en su corazón
santísimo con cada uno de nosotros). Porque la verdad es que «nuestro
Padre Celestial sólo puede ser bueno hoy en día con los que tienen el
Espíritu de la vida y de la sangre sagrada de su Árbol de vida eterna,
viviendo en sus corazones», delante de su presencia santa en la tierra
y así también en el paraíso, para la eternidad venidera.
Porque nuestro Dios, «sólo por medio del Espíritu de su Árbol de vida
es que realmente se comunica con cada uno de los ángeles del cielo y
así también con cada hombre, mujer, niño y niña del mundo entero»,
empezando con Adán, por ejemplo, en el cielo, para bendecir sus vidas
y darse a conocer tal como siempre él es. Porque de otra manera,
«nuestro Padre Celestial no puede recibir gloria alguna de ningún
ángel del cielo, ni de ningún hombre, mujer, niño o niña de todas las
razas, familias, pueblos, tribus, linajes y reinos de la tierra».
Es por eso, que «Adán tenia que comer del fruto del Árbol de la vida,
nuestro Señor Jesucristo, para empezar a conocer a su Dios y Creador
de su vida, sólo en su imagen y conforme a su semejanza santa y
celestial, en el paraíso». Es decir, también, que «los ojos de Adán
estaban cerrados, para ver y conocer a su Dios personalmente: porque
había sido levantado del polvo de la tierra (y aún cuando estaba en
tinieblas) para ser formado en un ser viviente: con el potencial
infinito de conocer de persona a persona al Creador de su nueva vida
infinita y celestial del cielo.
Y «para nuestro Dios abrir los ojos de Adán y así también de cada uno
de sus descendientes, para que entonces puedan ver y conocer a su Dios
y Fundador de sus vidas: el hombre tenia que obedecer el mandato de su
Creador y comer de su Árbol de vida, su misma vida celestial», ¡el
Mesías del cielo y de la eternidad! Pero «como ya sabemos muy bien,
los ojos de Adán se abrieron por obedecer a las mentiras de Satanás,
para conocer sólo el mal y el bien, pero no a su Dios primero, como
debió de ser desde el principio de todas las cosas en su vida celeste
del paraíso y por medio de su fruto de vida eterna, por ejemplo».
Y «éste Espíritu de su Hijo amado es lo mejor que nosotros podemos
recibir de nuestro Padre Celestial, para empezar a conocerle a Él y
así recibir cada una de sus muy ricas bendiciones de paz, de gloria,
de santidad y de demás dones del Espíritu de su vida eterna, en la
tierra y así también del reino celestial». Porque la verdad es que
«nuestro Padre Celestial nos ha creado en sus manos santas, muy cerca
de su corazón y así de cerca de su rostro sagrado, también, para que
nos gloriemos en Él, en esta vida y en la venidera igual y para
siempre».
Porque la verdad es también, «de que nuestro diario vivir por la
tierra y así también en el más allá, como en el paraíso o como en La
Nueva Jerusalén Celestial, es para gloriarnos por siempre en su nombre
muy santo, en lo profundo de nuestros corazones, en lo profundo de
nuestros espíritus y cuerpos humanos, por amor a Cristo». En la medida
en que, desde antes de las cosas, «todos nosotros estamos llamados a
amarle a Él, con toda nuestra mente, con toda nuestra alma, con todo
nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas, en la tierra y así
también en el cielo, eternamente y para siempre, para entonces
podernos gloriar en Él y en su nombre muy santo, infinitamente».
Y sólo así «podemos realmente cada uno de nosotros, en nuestros
millares, empezando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo,
gloriarnos día y noche en el Espíritu de vida y de santidad infinita
de nuestro Padre Celestial, para jamás conocer el mal del enemigo,
sino sólo el bien de nuestro Árbol de vida eterna», ¡nuestro salvador
Jesucristo! Y sin Jesucristo en nuestras vidas, entonces «el Espíritu
Santo de Dios no nos puede dar nada de sus muchas riquezas celestiales
y terrenales, como de sus dones de amor, de poder, de fuerza para amar
a nuestro Dios, aún más allá del amor que los ángeles sienten por Él,
en sus corazones eternos», desde la antigüedad y hasta nuestros días.
Desde que, también «hemos sido llamados por nuestro Creador a amarle a
Él, mucho más que los ángeles del cielo e individualmente, y sólo como
su Hijo amado le ama a Él, desde siempre, desde aún más allá de la
antigüedad y hasta por siempre en la eternidad venidera, del nuevo
reino infinito, por ejemplo», como en La Nueva Jerusalén Eternal. Y
«ésta voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial no seria posible
jamás en ningún de nuestros corazones, ni en nuestras vidas por la
tierra, sin la ayuda idónea de su Espíritu Santo y de sus más ricas
bendiciones de sus dones sobrenaturales del reino de los cielos y de
la misma vida gloriosa de nuestro salvador Jesucristo».
Ya que, es, exclusivamente, «con la ayuda perfecta y no dividida del
Espíritu Santo es que nosotros correctamente vamos a amar y a servir a
nuestro Dios mucho más que los ángeles del cielo, en la tierra y así
también en la nueva vida infinita del nuevo reino celestial, por
ejemplo», como en la ciudad del sueño cumplido de Dios, ¡Jerusalén! Es
por esta razón, también, que «el Señor Jesucristo nos ha manifestado
de su Espíritu de amor eterno hacia nuestro Padre Celestial que está
en los cielos, para que le amemos a Él, igual como él mismo siempre le
ha amado y glorificado desde la antigüedad y hasta nuestros días, para
no vivir más en tinieblas, sino sólo en su luz».
Es decir, también, que «éste Espíritu de amor supremo de amar y de
glorificar a nuestro Dios descendió del cielo con el Señor Jesucristo,
para entregárnoslo a cada uno de nosotros individualmente, para vivir
y para gozar las bendiciones de nuestro Creador y Fundador de nuestras
nuevas vidas infinitas»: sí tan sólo creemos en su nacimiento y en su
manifestación a Israel. Es decir, sí tan sólo creemos en su vida
consagrada en el cumplimiento de la Ley de Dios en su vida por Israel,
en sus predicaciones, milagros y promesas de bien para la humanidad
entera, en su crucifixión sobre el madero, en su sangre derramada
sobre el Monte, en su encuentro con los antiguos en el corazón de la
tierra.
También, «debemos creer que Jesucristo tenia que descender al Abismo,
para levantar las primeras tablas quebradas de la Ley al pie del Sinaí
hasta lo más sumo del paraíso, en su resurrección al Tercer Día, en su
retorno físico al Padre y en su muy pronta repatriación a Israel, para
reinar sobre las naciones con justicia, desde la ciudad del SEÑOR»,
¡Jerusalén! Es por eso, también, que «todo aquel que se acerque a su
Dios, entonces tiene que hacerlo en el espíritu y en la verdad sagrada
del Señor Jesucristo, nuestro único y suficiente salvador de nuestras
vidas en la tierra y del más allá, también».
Del más allá, «como de la hoguera del infierno y del lago de fuego, la
segunda muerte del espíritu del ángel caído y del alma pecadora del
hombre de la tierra, es decir, sí en su vida, ni en su corazón, jamás
se ha glorificado el nombre sagrado y sumamente santísimo de su
Creador, como su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque «es el
Espíritu Santo de nuestro Padre Celestial, el cual nos alimenta de
muchas riquezas de la vida misma de nuestro Dios y de su Árbol de vida
eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo!, para que cada uno de nosotros, en
todos los lugares de la tierra, viva entonces feliz, sin necesidad de
ningún bien, ni temor del mal, tampoco», para siempre.
En verdad, «el Espíritu de Dios nos llena día y noche de cada una de
las bendiciones del reino de los cielos, para que vivamos siempre
despiertos a la luz más brillante que el sol de nuestras vidas por la
tierra y del paraíso, también, su Hijo amado», ¡nuestro Señor
Jesucristo! Para que entonces «nos gloriemos en nuestro Dios y así
hagamos por siempre su corazón muy feliz, no sólo en la tierra, sino
también en el paraíso y en La Nueva Jerusalén Celestial: en donde
jamás dejaremos de adorar y de glorificar su nombre santísimo, en
nuestros nuevos corazones y en nuestros nuevos cuerpos glorificados
por su amor eterno, ¡el Mesías Celestial!»
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para
que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la
voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero
todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu
vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad.
Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y
noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber
desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos
estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor
Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe
en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus
infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también,
en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley
santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas
las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado
hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar
cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada
señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y
celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra,
del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino
de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de
Israel y de las naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".
NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo".
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y deshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ".
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Disponte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, por la eternidad.
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