Sábado, 23 de diciembre, año 2006 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica
(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
(Feliz Navidad y un Prospero Año Nuevo 2007 a todos. Que nuestro Padre
Celestial siempre los bendiga dándoles más y más de su gracia
infinita de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. Porque estos
días de Navidad son realmente días por el cual Dios soñó mucho por
muchos siglos para que llegasen a ser una realidad en nuestras vidas,
para él entonces darnos mucho y todo de él y de su Espíritu Santo
día y noche y por siempre en su nueva vida infinita de su nuevo reino
venidero. Y, hoy en día, lo tenemos en nuestros corazones y en
nuestras almas vivientes. Por eso, nuestro Padre Celestial es feliz en
el reino de los cielos con su Espíritu Santo y sus huestes de millares
de ángeles gloriosos, siempre honrando y alabando su santo nombre,
para nuestras bendiciones de parte de Él y de su Hijo amado jamás nos
falten a ninguno de nosotros, en todos los lugares de su tierra. Porque
así como es hecha su voluntad perfecta por los corazones de cada uno
de sus ángeles santo en su reino de los cielos, pues así también
Dios desea que sea en toda la tierra, ni más ni menos, en el corazón
de cada hombre, mujer, niño y niña, con Cristo Jesús en su vida
delante de Él y de su Espíritu Santo.
¡Feliz Navidad y Prospero Año Nuevo 2007 a todos! En el siguiente
libro que han de leer, la palabra viva de nuestro Padre Celestial y de
su Jesucristo nos enseña a como recibir y vivir día a día con su
gracia infinita. Gracia celestial en cada uno de nosotros, en toda la
tierra: la cual viene a nosotros por amor a nuestra vida y para que
siempre obtengamos en nuestras vidas todo lo que deseemos de Él, en
nuestros corazones, en la tierra y en el paraíso, también, para
siempre. ¡Amén!)
NUESTRAS NECESIDADES CUMPLIDAS
Acerquemos, pues, nuestras oraciones día y noche al trono de la
abundante gracia de Dios y de su Jesucristo, para que nuestros
corazones y nuestras almas vivientes sean llenas entonces de sus más
gloriosas y ricas bendiciones: de paz, amor, gozo, sabiduría,
felicidad, salud y muchos dones del cielo y de la tierra, también,
para el bien de nuestras vidas. Porque nuestro Dios es grande y nos ama
con un corazón inmenso, el cual jamás nos dejara de regalar: todo lo
glorioso y honroso de su vida santísima del pasado, del presente y del
infinito, de su nuevo reino celestial.
Pues con confianza, cada uno de nosotros puede entrar, desde hoy mismo,
al trono de su gracia y de su bondad, para que nos bendiga con sus
milagros, maravillas y sanidades sobrenaturales, de nuestros corazones
y de nuestras almas, de las cuales necesitamos mucho de cada una de
ellas, para vivir nuestras vidas por la tierra: libres de muchos males.
Y poderoso es nuestro Padre Celestial para hacer siempre que la gracia
y los favores sobrenaturales de su Hijo amado "sobreabunden" en
nuestras vidas, para que seamos llenos de él y de su Espíritu Santo,
en estos días navideños, lo cual es poder, riquezas y sabiduría del
reino de los cielos, por ejemplo, hoy en día y por siempre.
Porque nuestro Dios es Dios de "fieles a su Jesucristo" y de gran
inteligencia de todas sus cosas y de sus caminos sobre la tierra y del
más allá, también, como su paraíso y su nueva ciudad infinita: La
Gran Jerusalén Santa y Eterna, que los antiguos desearon mucho por
verla y no la vieron. Pero hoy en día, ellos están en sus lugares
eternos, en esta gran ciudad infinita y sin igual, caminando por
caminos de oro y viviendo en inmensas mansiones celestiales, de su
nueva vida y de su nuevo reino de los cielos, con Dios y con su Árbol
de vida y de gracia infinita, para la humanidad entera.
Entonces como la gracia de nuestro Dios es inmensa e inmensurable para
con cada uno de todos nosotros, de los que hemos "invocado" el
nombre sagrado de su Hijo y, también, hemos creído en él y en su
gran obra sobrenatural, en lo profundo de nuestros corazones, pues nos
ha dotado de todo lo necesario para ser felices, para siempre. Es
decir, de que ningún bien nos faltara jamás, siempre y cuando le
seamos fieles a Él, por su Jesucristo, en nuestros corazones y en
nuestras vidas nuevas, en la tierra y en el paraíso, también, para
jamás volver alejarnos de Él, ni de su Árbol de vida eterna,
tampoco.
Como Eva y Adán lo hicieron, por ejemplo, en el día que
"creyeron" a la mentira de la serpiente antigua del paraíso, para
perderse eternamente, en las profundas tinieblas de sus corazones
perdidos, perdidos por las palabras engañosas de Lucifer, las cuales
trajeron "sólo muerte y tragedia tras tragedia" a sus vidas y a la
de sus descendientes, también. Hoy en día, Dios nos ha librado de
cada uno de estos males eternos, porque ha "reemplazado" las
palabras de gran mentira y de muerte eterna, de la serpiente antigua y
de Lucifer, en el corazón de Adán y de cada uno de nosotros, "si
tan sólo creemos en la gracia redentora y sobrenatural de su nombre
santo".
Y esto ha de ser verdad, en cada uno de nuestros corazones, al tan
sólo creer e invocarlo a Él, a nuestro único y suficiente salvador
eterno de nuestras almas, cada vez que nos presentemos día y noche
ante el trono de la gracia infinita, de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo que están en los cielos, por ejemplo. Y de sus enemigos no
aprendan nada de ellos, porque ellos son enemigos de Dios y siervos de
toda maldad, de la tierra y del más allá, también; por lo tanto, no
es bueno contaminarse con nada de ellos, jamás, ni por ninguna razón,
por más razonable que fuese.
Puesto que, Dios no se agrada de sus enemigos, ni de sus palabras ni
menos de sus malas acciones. Entonces sean por siempre fieles a su Dios
y Creador de sus vidas, para que todo les vaya bien, por donde sea que
vayan en la tierra; porque Él sabe muy bien de cada una de sus
necesidades y se las suplirá de acuerdo a la gracia salvadora y
sobrenatural, de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Por
eso, humíllense siempre ante "la diestra sobrenatural y toda
poderosa de su salvador eterno", ¡el Señor Jesucristo!, porque ha
sido él quien nos ha redimido para nuestro Padre Celestial, por la
sobreabundante gracia de su sangre infinita, sobre el altar santo y
eterno de Dios, en la tierra y en el reino de los cielos, también,
para siempre.
Y Jesucristo nos ha redimidos: Con el propósito de que nuestros
pecados nos sean perdonados eternamente y para siempre por la letra
misma, de la Ley de Dios y de Israel, cumplida en nuestros corazones
por la fe, la cual sólo es posible en nuestro Señor Jesucristo, hoy
en día y por la eternidad, si sólo creemos en Él. Y así no tengamos
nunca que morir por ningún mal alguno del enemigo, en nuestros
corazones y en nuestras almas eternas, sino que hemos de ver la vida
por siempre, en la tierra y en el más allá, también, como en su
nueva vida infinita, del nuevo reino de los cielos, por ejemplo.
Porque el que se humilla ante su Dios para recibir el amor y la gracia
redentora de su Hijo, en su corazón y en su vida, entonces Dios mismo
lo ha de exaltar en su día oportuno, sin más demora alguna, para que
aquel hombre, mujer, niño o niña, le entregue la gloria de su
corazón diariamente, sólo a Él. Porque el que no le dé la gloria
debida a su nombre santo, entonces sigue muerto en sus delitos y
pecados ante Dios y ante su Árbol de vida, su Jesucristo, como Adán y
Eva, por ejemplo, en el paraíso. Por ende, su destino final es de
eterna humillación en el fuego eterno, de las llamas de la ira de
Dios, en el infierno o en el lago de fuego del más allá.
NUESTRO PADRE CELESTIAL ES NUESTRO PASTOR
Ciertamente nuestro Padre Celestial es mi pastor; nada me faltará
jamás, en la tierra ni menos en el paraíso, para siempre. Él siempre
me suplirá cada una de mis necesidades en todos los aspectos de mi
vida, para librarme del mal y para suplir diariamente cada una de mis
necesidades. Por lo tanto, sólo él es mi Dios y mi pastor y fuera de
él no tengo otro Dios. Porque nuestro Dios ha creado los cielos y la
tierra y todo lo que en ellos habitan, ángeles en el reino de los
cielos y hombres en toda la tierra, para gloria infinita de su nombre
santo en cada uno de nuestros corazones y de nuestras vidas eternas,
también, hoy en día y para siempre.
En consecuencia, en el cielo, los ángeles siempre esperan de Él, para
que alimente sus cuerpos espirituales, para saciarlos de toda sed y de
toda hambre día a día y por siempre en la eternidad. Y los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, deberían también
entender en sus corazones y en sus espíritus humanos, de que él es
también suplidor de cada una de sus necesidades, así como siempre lo
ha sido con los ángeles del reino de los cielos, desde el día de su
formación y hasta nuestros tiempos, por ejemplo.
Fue por esta razón, de que nuestro Padre Celestial les decía a Adán
y a Eva a que comiesen por siempre "del fruto de vida eterna", con
todos los demás frutos del paraíso, pero que nunca tocasen del fruto
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal. Porque en el
día que comiesen de su fruto prohibido, entonces morirían, para él y
para toda su nueva creación. Y todos ellos morirían junto con sus
descendientes eternos en aquellos días, porque ninguno de los frutos
de éste árbol prohibido podría jamás saciar su sed ni el hambre de
sus corazones, por Dios ni por su vida santa, en el cielo ni en toda la
creación, también, para siempre.
Porque sólo el fruto de la vida eterna de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, en el epicentro del reino celestial, es para los ángeles y
del paraíso también, para Adán y para sus descendientes, de todos
los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera. Ya que,
sólo nuestro Padre Celestial es "nuestro pastor" de nuestros
corazones y de nuestras almas vivientes, también, en la tierra y en el
más allá, como en el nuevo reino de los cielos: La Gran Ciudad
Celestial del Gran Rey Mesías, La Nueva Jerusalén Santa e Infinita de
Dios y de su humanidad divina.
Y el que no coma y beba de su fruto de vida eterna, de su suplidor
celestial, como siempre lo ha sido el Señor Jesucristo, el Árbol de
vida, para toda vida en el reino, pues así también para toda vida en
todos los rincones de la tierra, entonces no podrá ver jamás su nueva
vida infinita, en el cielo. Porque si Adán junto con Eva su esposa,
hubiese comido del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, en el
paraíso, entonces jamás hubiese sufrido su muerte en el cielo, ni
tampoco ninguno de sus descendientes de todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, sino todo lo contrario.
Todos estuviesen vivos en el reino de los cielos, comenzando con Adán
y Eva, por ejemplo. Es decir, que no hubiese motivos alguno para que
los hombres muriesen en el paraíso o en cualquier lugar de toda la
creación de Dios. Es más, ningún hombre hubiese descendió al
infierno, al mundo de los muertos, en el más allá, para sufrir día a
día por su error de no haber creído a su Dios y a su único salvador
infinito de su vida eterna, en la tierra y en el paraíso, también,
para siempre. Y por error de su corazón, entonces el pecador y la
pecadora han de sufrir eternamente en el infierno, sin el fruto de vida
eterna, Jesucristo y, además, sin su Padre Celestial para que los
pastoree por siempre, en el más allá, en su nuevo reino celestial e
infinito.
Ahí, en el más allá de la perdición eterna del pecador, en donde
los espíritus de gran maldad y de rebelión eterna esperan por sus
juicios finales para terminar, de una vez y por todas, con la
existencia de sus pecados y de su rebelión eterna, en contra de Dios y
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Porque en el
infierno el suplidor de todo tormento y de dolor infinito del espíritu
pecador y eternamente perdido de los ángeles caídos, por ejemplo, y
así también de los hombres de gran maldad, es el fruto prohibido del
árbol de la ciencia, del bien y del mal.
Pero en el cielo o en el paraíso no es así, porque "el fruto de
vida eterna", el Señor Jesucristo, es quien alimenta el corazón y
el espíritu de todo ángel, arcángel, serafín, querubín y demás
seres santos del reino de los cielos. Pues así también ha de ser para
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, que ha
recibido en su corazón y ha confesado con sus labios, que "el Señor
Jesucristo es El Señor" para gloria y para honra eterna, de nuestro
Padre Celestial que está en los cielos. (Y ésta gloria infinita se la
debe tu corazón a tu Creador, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, hoy más que nunca. Y, de una manera u otra, tu corazón ha de
creer y ha de confesar, también: ésta gran verdad y justicia infinita
para Dios y para Jesucristo, para gloria y para honra eterna de la
nueva vida del nuevo reino de los cielos.)
Ya que, cada ángel del reino de Dios vive, desde el día de su
formación, por la palabra de Dios, porque ha recibido en su corazón
el fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, sin jamás haberlo
rechazado ni ofendido, como Lucifer lo rechazo y no sólo lo ofendió,
sino que también le ataco para hacerle daño irreparable y eterno. Es
por eso, que los ángeles que no recibieron del fruto de vida eterna,
como Lucifer y sus ángeles caídos, por ejemplo, entonces no tienen
vida celestial, en ninguno de ellos, sino que viven una vida diferente,
sin paz, sin gozo, sin felicidad alguna en sus corazones y en sus
espíritus rebeldes. Pues ellos esperan sólo por su juicio final y por
su castigo eterno de parte de Dios y de su Jesucristo, en el más
allá.
Entonces así como los ángeles caídos murieron delante de Dios, en el
día que se rebelaron en contra de su nombre santo del Señor
Jesucristo, pues así también todo pecador y toda pecadora de toda la
tierra, que no acepte en su corazón y que no confiese su nombre santo,
ha de morir igual, eternamente. Es por eso, que el secreto de vida y de
salud eterna para cada ángel del cielo y así también para cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, es de "aceptar"
el fruto de vida eterna del Hijo amado de Dios, el Señor Jesucristo,
en oración, suplicas y ruegos al Padre Celestial que está en los
cielos.
Porque sólo el Señor Jesucristo es el suplidor de nuestros corazones
y de nuestras almas vivientes, así como de los ángeles del reino de
los cielos, para calmar nuestras sed y nuestras almas hambrientas de
Dios y de su Espíritu Santo, para siempre. Porque el corazón y el
alma del hombre son sedientos y hambrientos de Dios y de su Espíritu
Santo día y noche y por siempre en la eternidad, como con los
ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del
más allá, por ejemplo; y sólo el Señor Jesucristo es el Árbol
Viviente que suple sus necesidades por siempre.
Es por eso, que Lucifer murió junto con sus ángeles caídos en el
día que se rebelo en contra del nombre de vida eterna, el Señor
Jesucristo, para no volver a ver la vida celestial, en el reino de los
cielos, jamás. Pues así también Adán y Eva dejaron de existir para
Dios junto con sus descendientes pero con la esperanza de regresar al
cielo algún día, no muy lejano, como hoy mismo, por ejemplo. Y ellos
se perdieron en su día de rebelión, porque pecaron igual que los
ángeles caídos: al no comer del fruto de vida eterna, de sus
corazones y de sus almas infinitas, ¡el Señor Jesucristo!
Y hoy en día, esta ley celestial del cielo, para cada ángel del reino
y para cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en el
paraíso, sigue siendo una realidad viva, que el que no la acepta
entonces muere, pero el que si la recibe en su corazón y así confiesa
su nombre santo, vive por siempre. Ésta es: Una realidad viviente e
incambiable, la cual no podrá ser violada jamás, como Lucifer la
violo o como Adán y Eva la violaron por ignorancia y por error, por
ejemplo, al creer a la mentira del corazón perdido, del enemigo eterno
de Cristo, Lucifer, en vez, de (creer a) la verdad salvadora de Dios,
¡el Señor Jesucristo!
NO SE AFANEN POR NADA QUE NO SEA DIOS y su HIJO AMADO
Por eso, por nada estén afanosos sus corazones en ésta vida, primero
que no sea el fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, para crecer
en lo espiritual y en lo corporal, también; al contrario, siempre
presenten sus peticiones, sus oraciones, sus ruegos y sus intercesiones
delante de Dios en todo momento, con fe y con acción de gracias. Y
así la paz de Dios, que excede todo conocimiento, toda sabiduría,
entonces guardará día y noche sus corazones y sus mentes en nuestro
Señor Jesucristo, para que no les falte ningún bien en sus vidas, ni
en las de los suyos, tampoco, jamás, en la tierra y en el cielo, para
siempre.
Porque el afán de todas sus cosas en la vida del hombre, debería ser
primero Dios y su fruto de vida infinita, su Hijo amado, como en el
paraíso con Adán, por ejemplo, para sus corazones y para el
crecimiento de sus almas eternas y sus cuerpos corporales, en la tierra
y en la eternidad venidera, también, para siempre. Porque Dios no le
permitió a Adán comenzar su vida flamante y sin pecado alguno, en el
día de su formación, sin primer haber gustado de su fruto de vida
eterna. Porque su Hijo amado no es segundo a nadie en el paraíso ni en
ningún otro lugar de toda su creación; más bien, él es primero por
inicio, en el corazón y en la vida del hombre, de la mujer, del niño
y de la niña, de la humanidad eterna.
Ahora, si el Señor Jesucristo no es primero en la vida de cualquier
ser viviente, sea ángel del cielo u hombre de la tierra, entonces el
pecado y la maldad junto con su muerte eterna reinan por inicio, en
aquella vida perdida y llena de las profundas maldiciones y tinieblas
del más allá, del mundo de los muertos. Y esto es realmente, hoy en
día y como siempre, del mundo en tinieblas profundas del más allá,
del árbol prohibido de la ciencia, del bien y del mal eterno.
Es decir, también, de que si el fruto de vida eterna no fue primero
por inicio en el corazón de Adán ni de Eva en el paraíso, entonces
no lo ha sido desde siempre, tampoco en el corazón del hombre de toda
la tierra, de la antigüedad y de nuestros tiempos, por ejemplo. A no
ser que el hombre se arrepiente del mal de Adán en su corazón y así
entonces crea en Jesucristo y en nuestro Padre Celestial que está en
los cielos, para tomar su primer lugar, su lugar debido, en su vida
terrenal y celestial, para que pueda vivir y jamás ver la muerte, sino
sólo la vida, eternamente.
Puesto que, si el fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, no toma
su primer lugar, en el corazón del hombre en la tierra, de nuestros
días, entonces no lo tomara en el futuro, tampoco, en el más allá,
como en el nuevo reino de los cielos o en el paraíso, otra vez. Y
nuestro Padre Celestial no desea ver el mismo error de Adán volverse a
repetir, una vez más, con ninguno de sus descendientes, en su nueva
vida infinita, en el paraíso, por ejemplo, o en su nueva ciudad
celestial: La gran Jerusalén Santa e Infinita de Adán y de sus
descendientes, de todas las razas y pueblos de la tierra.
Por esta razón, nuestro Padre Celestial jamás desea que el hombre,
como Adán o ninguno de sus descendientes, esté por siempre afanoso
primero por las cosas perecederas del mundo, sino que su fruto de vida
eterna sea primero, en su corazón y en toda su vida, también, para
que entonces comenzar a vivir su vida celestial en toda la tierra.
Porque la mueva vida celestial ha comenzado en la tierra misma para
todo hombre, mujer, niño y niña, así como comenzó para el Señor
Jesucristo, en el día que nació del vientre virgen, de una de las
hijas de David, por el poder sobrenatural del Espíritu Santo, para
entregarnos vida y salud infinita, en la tierra y en el paraíso.
Es por eso, que todo aquel que ha creído en su corazón y así ha
confesado su santo nombre con sus labios, entonces para Dios nació
"en el día que su Hijo amado nació" del vientre virgen de la hija
de David, para comenzar a vivir la vida eterna, en la tierra para luego
entrar en el nuevo reino celestial. Porque Dios ha creado a todo
hombre, mujer, niño y niña, de sus manos santas, en el mismo día que
formaba del fango al primer hombre, Adán, para darnos, en un día como
hoy, por ejemplo, vida y salud en abundancia, hoy y por los siglos de
los siglos, en su gran ciudad celestial: La Nueva Jerusalén Santa e
Infinita.
Por esta razón, por nada estén afanosos en la vida de pecado de
nuestros tiempos, por ejemplo, sin primero haber obtenido la gran
bendición del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, en sus
corazones y en sus labios también, para gloria y para honra eterna de
nuestro Dios, en cada una de sus cosas que emprendan en la tierra.
Porque para Dios, su Hijo Santo y Eterno tiene que ser primero siempre
por inicio, en cada una de sus cosas, por grandes o pequeñas que sean
todas ellas en sus vidas, en todos los lugares de la tierra, para
entonces él poder glorificarse en ellas día a día, también, en la
tierra y en el más allá, para siempre.
Dado que, todo lo que el hombre haga en la tierra, entonces ha de ser
eterno, porque sus obras le han de seguir aun en el más allá, aunque
haya vivido una eternidad en el reino de los cielos, con Dios y con su
Árbol de vida eterna, rodeado de su Espíritu Santo y de sus huestes
celestiales, como siempre. Por lo tanto, sean siempre sus oraciones,
sus ruegos, sus peticiones y sus intercesiones por los suyos ante Dios,
con el espíritu de amor, de la palabra de Dios y de sus cánticos de
gloria y de honra a su nombre santo, en sus corazones y en la vida de
los suyos, también.
Porque nuestro Dios honra al corazón que ha honrado por siempre el
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que siempre
tenga vida y salud infinita en todos los días de su vida por la
tierra. Y así jamás le falte ningún bien a él ni a ninguno de los
suyos, tampoco, en la tierra ni menos en el más allá, como en el
paraíso o como en su nueva Jerusalén Santa y Eterna del reino de los
cielos, de Dios y de su Árbol de vida eterna, el Cristo de Israel y de
las naciones.
Y sólo así entonces la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento
ha de guardar por siempre sus corazones y sus almas eternas, en Cristo
Jesús, único salvador nuestro en la tierra y en el paraíso,
también, para siempre. Porque sin Cristo Jesús, Señor nuestro,
viviendo en nuestros corazones, entonces no tendremos jamás paz, ni
menos la abundante gracia de su sangre viviente, para protegernos de
todos los males del enemigo y para suplirnos día y noche de nuestras
necesidades de siempre.
Por eso, no se afanen jamás por nada, si Cristo no está en sus
corazones primero; porque si Cristo no está en sus corazones por
inicio, entonces pueden venir muchos problemas a sus vidas, que nadie
los quiere ni aun Satanás mismo. En verdad, Satanás no quiere
problemas; pues los conoce todos muy bien, pero se los entrega a los
que los reciben; a los que no tienen a Cristo Jesús en el primer lugar
de sus corazones por inicio, por ejemplo.
Y ésta persona podrías ser tú mismo, en este momento, mi estimado
hermano y mi estimada hermana. Y si es así, entonces huye del enemigo
y de sus problemas que ni él mismo los desea tener ni por un minuto
más de su vida perdida, en el fuego eterno del infierno; pero, sin
embargo, se alegra mucho, en dártelos a ti, porque no le importa tu
vida y desea que te pierdas entre las profundas tinieblas del más
allá. Y, Satanás te las dará a ti sin pensarlo dos veces, porque
vives sin la protección de Dios y de su favor infinito, en tu corazón
y en toda tu vida, también, el Señor Jesucristo, el único posible
salvador de tu vida terrenal y celestial, para tu nueva eternidad
venidera, en el más allá.
NO SE PREOCUPEN POR SUS NECESIDADES, DIOS LAS SUPLE TODAS
Por esta razón, como les exprese antes mis estimados hermanos y mis
estimadas hermanas: No se afanen por las cosas de sus vidas, cualquiera
que sean todas ellas; porque nuestro Padre Celestial ya las conoce muy
bien en su corazón, para bien de cada uno de ustedes, en todos los
lugares de la tierra. Como, por ejemplo, no piensen qué han de comer o
de beber; ni tampoco se afanen por su manera de vestir, porque fue Dios
quien visto a Adán y a Eva, cuando estaban desnudos, después de haber
pecado ante Él. (Con esto no estoy diciendo que no coman de lo mejor
del pan de la tierra; ni tampoco estoy diciendo que no se vistan bien,
con lo mejor del vestir moderno, por ejemplo, sino que tengan por
inicio en sus corazones a su Jesucristo; eso es todo, para agradar por
siempre a nuestro Dios y a su Espíritu Santo.)
Como nuestro Señor Jesucristo les dijo, también, a sus apóstoles en
su día, por ejemplo: ¿No es la vida de más valor de lo que comen, y
sus cuerpos no valen más que los vestidos que se ponen? Miren ustedes
a los ángeles del cielo, ellos no esparcen semillas en la tierra, ni
la talan, ni amontonan sus frutos en graneros gigantes para tener
víveres por los años que vienen, como los hombres lo hacen en toda la
tierra; pero, sin embargo, nuestro Padre celestial los alimenta día a
día y por siempre.
Es más, en ninguna parte de la escritura habrás leído jamás que el
ángel esté sufriendo sed o hambre, en el reino de los cielos,
¿verdad? ¡Claro que no! (En realidad, los únicos que tenían sed y
hambre fueron los ángeles rebeldes al nombre santo del Señor
Jesucristo, su único Árbol de vida y de salud infinita en el reino de
los cielos, ¡el Señor Jesucristo! Pero Lucifer, ni ningún de sus
ángeles caídos, se dio cuenta de su grave error, hasta cuando ya fue
demasiado tarde para ellos. Es decir, que ellos se vinieron a dar
cuenta, de que Jesucristo era su pan y su agua para vida y para salud
eterna, cuando ya habían pecado y ofendido a Dios; por eso, se
perdieron para siempre en sus tinieblas; y por su maldad, Dios no quiso
perdonarlos jamás; porque a su Hijo amado no se le ofende y punto.)
Pues bien, ¿no son ustedes acaso de mucho más valor que los ángeles
del reino, ya que, no sólo los forma Dios en sus manos del fango, sino
que les dio su imagen y, también, su semejanza santa, para luego tener
que entregar su misma vida infinita, colgando de un madero para que
tengan vida y abundantemente en Cristo Jesús? Porque nuestro Dios
jamás envió a su Hijo a la muerte, para salvar a Lucifer y a sus
ángeles caídos, en sus millares, de sus pecados y de sus muchas
rebeliones, sino que fue por el hombre que envió a su Hijo, su gran
rey Mesías Celestial, para que entregarles su vida misma celestial,
como la de "un Cordero Santo".
Un Cordero Santo, Eterno, Perfecto y Libre de todo mal del pecado y de
su muerte eterna, en la tierra y en el más allá, también, para que
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, que entonces
tan sólo crea en su corazón y así confiese su nombre santo, tenga
vida y salud eterna, para siempre. Y esto ha de ser, con cada uno de
ellos, en sus millares, de toda la tierra, creyente perfecto a su gran
obra santa e infinita, en su corazón y en su alma viviente, desde hoy
mismo y por siempre, por los siglos de los siglos en su nueva vida
inmortal, de su nuevo reino celestial, en el inmensidad venidera.
Por lo tanto, todo hombre, mujer, niño y niña, del paraíso y de toda
la tierra, es más importante para el corazón y para su Árbol de vida
eterna, que cualquier otra vida celestial, terrenal o angelical del
reino de los cielos, en el más allá, para siempre. Fue por esta
razón mucho más que ninguna otra, que Dios jamás escatimo su vida
santa, ni la de su Espíritu Santo, ni la de su Hijo amado, por inicio,
para redimir al hombre y a cada uno de sus descendientes, del poder del
pecado y de su muerte infinita, en la tierra y en el infierno,
también, para siempre.
Por eso, Dios no se agrada del corazón del hombre o de la mujer cuando
tiene las cosas de la vida en el primer lugar de su corazón, en vez,
de tener al nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.
Porque sólo en el nombre del Señor Jesucristo existen poderes y
autoridades sobrenaturales no sólo para bendecir su vida eternamente,
sino también para salvaguardarlo del mal de la tierra y del más
allá, también, como el infierno o el lago de fuego eterno, la segunda
muerte final, del alma pecadora del hombre y de la mujer de la
humanidad entera.
En esto, Dios desea que todo corazón solamente se afane de "conocer
primero" su amor y el nombre sagrado que ha abierto las puertas de la
vida eterna, en el reino de los cielos: sólo para aquel que ame de
verdad y de todo corazón a su Dios y Creador de su vida, el
Todopoderoso de Israel y de las naciones. Porque sólo por la
invocación santa del nombre del Señor Jesucristo es que realmente: el
corazón y el alma viviente del hombre y de la mujer pueden ser hechos
libres y, a la vez, hijos e hijas de Dios, para alcanzar mayores
bendiciones terrenales y celestiales, hoy en día y en la eternidad
venidera, también, para siempre.
Porque de otra manera, las palabras mentirosas, de las cuales trajeron
el fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, a la
vida del hombre, entonces serán parte de sus vidas, no sólo en la
tierra y hasta el final de sus días, sino también en el fuego del
tormento eterno del infierno, para siempre. Y esto si es tormento
eterno que le roba la paz y la felicidad del corazón del hombre y de
la mujer sin Cristo desde ya, porque su Dios y Creador de su vida no es
parte de su vida, sino parte del árbol de la ciencia del bien y del
mal, en el infierno eternamente candente y tormentoso.
DIOS HA CREADO TODO POR SU PALABRA, PARA ALIMETO DEL HOMBRE
Es por eso, que Dios le dio todo lo que se desplaza y vive al hombre,
para que mate y coma y les sirva de alimento. Del mismo modo le ha dado
todos los arboles y las plantas con sus muchos frutos, de toda la
tierra, para que su cuerpo se alimente día y noche delante de su
presencia y así no tenga sed ni hambre jamás. Porque de nuestro Dios
son los cielos y la tierra y todas las cosas que en ellos existen, para
el bien del hombre y de la mujer de la humanidad entera.
Y si el hombre sufre sed y hambre, ha de ser entonces porque no conoce
el mandato de Dios para su vida y para la vida de cada uno de los
suyos, también, en el paraíso y por toda la tierra. Porque todo lo
que está en el cielo, también, se lo ha dado Dios al hombre. Porque
nada de lo que Dios ha creado en el reino de los cielos se lo ha
escatimado al hombre ni a sus ángeles santos, por ejemplo. Pues así
también en todos los lugares de la tierra y de sus profundos mares,
toda vida es del hombre para que coma y beba y siempre viva feliz
delante de su Dios, Creador y Fundador de todas las cosas, de las que
se ven y de las que no (se ven).
Porque abundantes son las cosas que Dios ha creado para sostener la
vida del hombre no sólo en el reino de los cielos y en toda la tierra,
sino también en sus profundos mares, por ejemplo. Y todas estas
riquezas de la tierra y de sus inmensos mares son para sus hijos e
hijas de la humanidad entera, de los que le sirvan a Él, en el
espíritu y en la verdad viviente de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, para gloria y para honra infinita de su nombre santo, en
toda su infinita creación.
Puesto que, el hombre tiene que servirle a su Dios día y noche y por
los siglos de los siglos, en la tierra y en el paraíso, también. Por
eso, nuestro Dios ha creado en inmensas abundancias de todas las cosas,
de las que se ven, como las que no (se ven), para suplir la vida del
hombre por siempre, en su servicio continuo a su Dios, en la tierra y
en el cielo, también, para siempre. Porque no es posible que al hombre
le falten sus cosas, mientras esté sirviéndole fielmente a su Dios
eterno, en la tierra y en el paraíso, en el nombre sagrado de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!
Por cuanto, nuestro Dios es un Dios sumamente rico de todas las cosas
creadas por su palabra y por su Espíritu Santo, en la tierra y en el
reino de los cielos, también, para los que le aman a Él, solamente
por medio de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, el Señor
Jesucristo. Entonces todo hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad
entera, han sido creados y bendecidos por Dios mismo, con sus inmensas
riquezas de la tierra y del más allá, también, para que sean
eternamente ricos todos los días de sus existencias infinitas, para
con su Dios y para con su Espíritu Santo, para que le sirvan
fielmente, por siempre.
Es por eso, que es bueno que el hombre siempre le dé gracias a su Dios
y Creador de su vida, cada vez que se sienta a la mesa del comedor de
su casa, por haberle dado tanto, al convertir la tierra de donde
nació, por ejemplo, en pan para alimentar su cuerpo día y noche y por
siempre. Porque es Dios quien, con los poderes sobrenaturales de su
palabra viva y de su perfecta voluntad es que ha convertido la tierra
en pan y en frutos esenciales, para el alimento de su cuerpo y de la
subsistencia de su vida por la tierra y en el cielo, también, por
ejemplo.
Para que entonces jamás le falte ningún bien en su vida ni en la de
los suyos, tampoco, día y noche y hasta en el más allá, también,
como en su nueva ciudad celestial e infinita del reino de los cielos. Y
esta ciudad celestial es La Nueva Jerusalén de Dios y de su Hijo, para
que todo hombre y mujer viva para siempre con Él, feliz y alegre en la
inmensidad de todas sus cosas gloriosas del más allá. Además,
nuestro Padre Celestial le ha de seguir dando vida en abundancia a toda
la tierra por su palabra viva, porque ama a la obra de sus manos, el
hombre, como tú y yo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, en
nuestros millares, en la humanidad entera.
Para que entonces viva por siempre y jamás le falte ningún bien en la
tierra ni en el paraíso, también, para siempre, siempre y cuando le
sirva a Él, en el espíritu y en la verdad viviente, del nombre
sagrado de su fruto de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Porque fuera del Señor Jesucristo, entonces ningún
hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera, podrá jamás
complacer a su Dios, en toda su verdad y en toda su justicia viviente,
en esta vida ni en la venidera, como en el paraíso o como en el nuevo
reino de los cielos, por ejemplo.
Es por eso, que para Adán, el Señor Jesucristo ha sido muy importante
en su corazón y en toda su vida desde siempre, por inicio propio de
Dios, en su vida santa del paraíso y del resto de su creación
también, como la tierra de nuestros días, por ejemplo. Pues así
también, hoy en día, para todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, para que entonces vean la vida infinita, desde hoy
mismo, en sus corazones y en sus almas vivientes y así jamás tengan
que morir por falta de ningún bien, de su Dios y de su Árbol de vida
eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Entonces todo ser que muere en el paraíso o en la tierra de nuestros
días, ha de ser por efecto del primer pecado de Adán, de no haber
aceptado al Señor Jesucristo como "el pan perfecto" de vida y de
salud infinita que Dios le ofreció en su día, en el paraíso por vez
primera, por ejemplo. Con el fin de que jamás muera su alma viviente
ni la de sus descendientes, sino que viva por siempre, en el cielo y en
toda su nueva creación del más allá, de su nuevo reino infinito.
Porque Dios ha creado todas las cosas que están en el cielo y en toda
su nueva creación, sólo para los que le aman a Él, en el espíritu y
en la verdad viviente de su Hijo amado, el único Árbol de vida y de
salud infinita en existencia, en el paraíso y en la tierra, ¡el
Señor Jesucristo! Y si esto es así, entonces todo pecador y toda
pecadora, como Adán y Eva, viven por siempre sus vidas día y noche
comiendo de los frutos prohibidos del árbol de la ciencia, del bien y
del mal. Pero los que aman el amor y la verdad de Dios, entonces viven
día y noche siempre gustando y saboreando de los frutos de vida y de
salud eterna, el Árbol Viviente de Dios, su Hijo amado, el Cristo de
Israel y de las naciones de la humanidad entera, en el cielo y en la
tierra, también, para siempre.
DIOS HACE ALIMENTO PARA EL HOMBRE DE LA MISMA TIERRA
Por lo tanto, es Dios mismo quien realmente día a día hace producir
el pasto para los animales y la vegetación para el servicio del
hombre, a fin de sacar de la tierra el pan que nutrirá y dará
vitalidad a su vida de día a día, por ejemplo. Es decir, que el
verdadero labrador de la tierra, no es tanto el hombre, sino Dios
mismo. Porque es a nuestro Dios a quien la tierra obedece día a día
para hacer que los arboles crezcan y sus plantas también, para que den
fruto y alimento en abundancia para todo hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera y a todos sus animales, de igual forma, de la
tierra, del mar y del cielo.
Y sin Dios y su palabra santa, entonces la tierra no daría sus frutos
por medio de sus árboles y de sus plantas, sino que seria desierta
como los planetas lejanos de nuestros cosmos, por ejemplo, en donde la
vida es imposible para todo ser viviente, como hombres y animales. Es
por eso, que Dios desde los primeros días que creo el cielo y la
tierra (génesis 1:2), entonces envío a su Espíritu Santo, para
subyugar a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus
ángeles caídos, para que toda vida comenzase lo más pronto posible;
porque el hombre iba a ser formado, en sus manos santas.
En estos días, Dios llama a la luz, y fue entonces la luz sobre toda
la faz de la tierra, para alumbrar y dar vida a todo árbol y a toda
planta, según su especie, para que den sus frutos en sus temporadas de
cada año, para bien y para alimento del hombre, el cual estaba a punto
de crear. Y después de Dios haber creado el pasto, los arboles, las
plantas y los animales de la tierra, las aves del cielo y los peces de
los mares según sus géneros, entonces formo al hombre en sus manos
santas; en su imagen y conforme a su semejanza perfecta lo formo a él
y a cada uno de sus descendientes, también.
(Ahora fíjense aquí, mi estimado hermano y mi estimada hermana, que
cuando Dios creaba al hombre y hasta que lo termino de formar en sus
manos, entonces no dijo: He creado al hombre y a la mujer, según sus
especies, como si fuesen plantas, árboles o criaturas inferiores de la
tierra, del mar o del cielo, sino que dijo algo diferente. Y esto fue,
cuando dijo: He creado al hombre en la imagen perfecta y conforme a la
semejanza de Dios.)
Con esto, Dios nos está diciendo que en el día que crea a Adán en
sus manos santas, entonces también crea a cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera. Por lo tanto, todo hombre y mujer es
descendiente directo de Adán, comenzando con Eva, por ejemplo, en el
paraíso y por toda la tierra, con el resto de la humanidad, de todas
las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, del
ayer y de siempre.
Es decir, también que cuando Dios formaba al primer hombre en sus
manos santas, entonces tenia a su Hijo amado y a su Espíritu Santo
delante de Él, para formarnos en su imagen y conforme a su semejanza
celestial y no de los ángeles del reino de los cielos o de cualquier
otra criatura del más allá. Porque en el día que Dios crea a los
ángeles, entonces los crea con el poder sobrenatural de su palabra
viva y de su nombre sagrado según su rango celestial, en gloria y en
santidad infinita, también.
Pero con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, no
fue así, sino todo lo contrario. Dios crea al primer hombre y a cada
uno de sus descendientes, en sus millares, en aquel día, en el
paraíso, mirando siempre a su Árbol de vida eterna y a su Espíritu
Santo, como ejemplos a seguir, para que seamos tan santos y tan justos
como Él mismo, en el cielo y por toda la tierra, también, para
siempre.
SOMOS NUEVOS DESCENDIENTES DIRECTOS DE CRISTO
Ahora, cuando vino el Señor Jesucristo a Israel, entonces todo esto
cambio para alcanzar mayores bendiciones de santidades y de glorias
infinitas, en la tierra y en el reino de los cielos, también, para
Dios y para su nuevo reino celestial. Porque en el día que el Señor
Jesucristo nace en Israel, del vientre virgen de la hija de David, por
el poder sobrenatural del Espíritu de Dios, entonces todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, volvió a nacer con Él, a
la vez, para una vida nueva e infinita de la nueva eternidad venidera.
Para entonces apartarnos del pecado y comenzar nuestra nueva vida
infinita en su alma, en su cuerpo, en su sangre y en su Espíritu
Santísimo, de vida y de salud eterna, en la tierra y en el nuevo reino
de Dios, para nunca más volver a sufrir las penurias del pecado y de
su muerte tormentosa del infierno, por ejemplo. Porque así como
nuestro Padre Celestial le ha provisto al hombre de todos los alimentos
de las plantas, de los arboles, de los animales de la tierra, de las
aves del cielo y de los peces del mar, pues así también le ha dado
todo lo necesario para la vida eterna.
Es decir que también Dios nos ha provisto de toda verdad, de toda
justicia, de toda santidad, de toda sabiduría, de todo poder de
milagros, maravillas y de prodigios en el cielo y por toda la tierra.
Por lo tanto, nosotros no tenemos que comenzar una nueva verdad o una
nueva justicia o una nueva santidad diferente o más poderosas que la
de Dios y de su Jesucristo, esto es imposible humanamente hablando,
para ser redimidos de nuestros pecados y por ende aceptados por Dios
para su nuevo reino celestial, en el más allá.
Pero esto no es así, con ninguno de nosotros, del ayer o de siempre,
en todas las familias de la tierra, comenzando con la casa de Israel,
por ejemplo. En la casa de Israel, en donde nació la promesa de vida
eterna y en donde se cumplió con Cristo Jesús, en su día, en el día
que nació para hacerla una realidad eterna en cada uno de nosotros
mismos, por toda la tierra y para siempre, en el paraíso, por ejemplo.
Porque nuestro Dios jamás nos llamo a alcanzar mayores verdades,
justicias y santidades celestiales, como la de su Ley o de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, para que sean de nosotros y así entonces
ser hechos libres de todos nuestros pecados y de nuestra muerte eterna,
en su juicio final, en el más allá, en el cielo. Cuando la verdad es
que ya toda verdad, toda justicia y toda santidad salvadora ya existen,
y mejores que ellas no hay, en el cielo ni menos en la tierra, para el
bien eterno de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera.
Por lo tanto, somos hijos legítimos e hijas legítimas de su palabra,
de su nombre santo y descendientes directos, del gran rey del reino de
los cielos, el Todopoderoso de Israel y de las naciones del mundo
entero, el Santo de Dios, el Hijo de David, el Cristo. Somos para la
eternidad, desde el comienzo de todas las cosas, en el paraíso, pero
sin el pecado de Adán y llenos, a la vez, de la gracia infinita del
fruto de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
EL TRONO DE LA GRACIA DE DIOS ESTÁ ABIERTO PARA TODOS
Y porque esto es verdad, para con cada uno de nosotros, en la tierra y
en el cielo, pues entonces acerquémonos con confianza al trono de la
gracia, para que alcancemos misericordia y hallemos gracia, para el
oportuno socorro de nuestros corazones y de nuestras almas vivientes,
mientras vivamos en la tierra y la amenaza de nuestro enemigo habitual,
Lucifer. Porque cada día y cada noche que pasamos viviendo en la
tierra, entonces corremos el peligro de ser atacados por los enemigos
de Dios, como Lucifer y como sus ángeles caídos, en los corazones de
las gentes de gran maldad, de toda la tierra.
Y estos enemigos de Dios nos atacan a cada uno de nosotros con gran
crueldad, para destruir nuestras vidas a como de lugar. Como en sus
días, de gran maldad, por ejemplo, atacaron al Señor Jesucristo en el
reino de los cielos, con los ángeles caídos y luego en el paraíso
para destruir la vida de Adán y de cada uno de sus descendientes para
siempre y en todos los lugares de la tierra, también.
Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene enemigos muy hostiles, que no
paran por nada ni por nadie, para destruir nuestras vidas, para
destruir todo lo que es de Dios y de su Árbol de vida eterna, el
Señor Jesucristo. Porque sólo Dios nos ha dado poderes y autoridades
sobrenaturales en su Espíritu Santo y en la vida sagrada de su Hijo
amado, para destruir las artimañas de cada uno de nuestros enemigos,
en la tierra y en el más allá, también día y noche y por siempre.
Puesto que, los males que vienen a nuestras vidas, realmente, han
comenzado en el más allá, con el corazón oscuro y lleno de gran
maldad de Lucifer y de sus ángeles caídos, para hacernos daño y
hasta para quitarnos la vida, de una manera u otra. Y así entonces ya
no le seamos útiles al SEÑOR, para servirle a Él y a su santo
nombre, en la tierra y en el cielo, como en el paraíso o como en La
Jerusalén Santa y Moderna, del nuevo reino de los cielos, para todo
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, que ame a su Dios.
Porque sabe muy bien Lucifer en su corazón perdido, de que si nosotros
llegásemos a conocer a nuestro Padre Celestial tal como él es (y como
siempre ha de ser) para con nosotros y para la eternidad venidera,
entonces le amaríamos de todo corazón, tal cual como con su mismo
amor perfecto, con el que nos formo en sus manos santas. Y, en verdad,
esto seria un despertar de nuestras profundas tinieblas hacia la luz
eterna, tan grande, como ancha y profunda como el universo, que nuestro
Dios seria amado por nosotros, como jamás ha sido amado por los
ángeles ni por ningún otro ser celestial, del reino de los cielos.
Y, por ello, la nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos seria
eternamente gloriosa y fantástica, alegrando no sólo el corazón de
Dios como jamás ha sido alegrado antes, sino mucho más que esto.
Porque el corazón de cada uno de nosotros, en nuestros millares, de
todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, ha de ser alegrado
y despertado a una vida superior e infinita, para jamás dejarle de
amar a Él, como nuestro único Dios Infinito, en todo su espíritu de
verdad y de justicia celestial, de toda su nueva creación celestial.
Es por eso, que conocimiento nuestro Padre Celestial muy bien el mal
terrible que Lucifer siempre esconde para con cada uno de nosotros, en
toda la tierra, cada vez que damos un paso en ella, entonces ha abierto
la puerta de los cielos, para que nosotros entremos siempre a su trono
de la gracia, para sujetarnos de su protección divina. Porque Dios
sabe muy bien que el enemigo eterno de nuestra verdad y de nuestra
justicia infinita, de nuestros corazones y de nuestras almas, es cruel
para con cada uno de nosotros, en esta vida y en la venidera también,
si es que él no muere y toda su maldad con él, en su segunda muerte
final, en el infierno.
Porque en el fin de las cosas, entonces el mismo infierno ha de ser
lanzado con todos los espíritus perdidos de los ángeles caídos,
junto con las almas perdidas de las almas de los pecadores y de las
pecadoras de toda la tierra, para que mueran con aquel fruto prohibido
del árbol de la ciencia, del bien y del mal. El fruto del mal eterno,
que sólo ha de morir en su segunda muerte en el lago de fuego y que,
por cierto, ha de estar en sus corazones oscuros y sin la luz de
Jesucristo eternamente, para querer seguir haciendo la voluntad cruel
del maligno, el enemigo numero uno de Dios y de su Árbol de vida
eterna, Lucifer.
Es por esta razón, que Dios les ha dado la puerta abierta del reino de
los cielos y de su trono santo también, Jesucristo, a todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, de hoy y de siempre, para
que se acerquen a Él, sin temor alguno en sus corazones para alcanzar
misericordia, verdad y justicia infinita. Porque el Señor Jesucristo
manifestó abiertamente, diciendo: Yo soy la puerta del cielo... (Juan
10: 9). Es por esta razón, también, que Dios ha llamado a todos a
orar, interceder, pedir, suplicar por sus vidas y la de los suyos, por
igual, ante su trono santo de su gracia infinita, "sólo invocando"
siempre el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!,
para que entonces jamás les falte ningún bien, en todos los días de
sus vidas.
Visto que, ha sido el espíritu del favor y de la gracia infinita de
Dios por la cual siempre nos ha protegido, de los males terribles de
nuestros enemigos, grandes y pequeños, ya sea en el paraíso con Adán
y Eva o con cada uno de nosotros mismos, hoy en día y siempre, en
todos los lugares de la tierra. Porque fuera del espíritu de la gracia
eterna de nuestro Dios y de su Hijo, el Señor Jesucristo, entonces no
tenemos ninguna clase de protección alguna ante el mal aun de los
pequeños de nuestros enemigos eternos, como Lucifer o sus ángeles
caídos, por ejemplo, viviendo en los corazones de gran maldad, de los
pecadores y pecadoras de la tierra.
Fue por esta razón, que Dios siempre había deseado en su corazón
santo, desde el comienzo de todas las cosas, en el más allá, que
Adán le hubiese obedecido primero que todas sus cosas en su corazón,
para comer y beber por siempre de su fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo, en su vida celestial e infinita del paraíso. Para que a
sus descendientes, en sus millares, jamás les faltase ningún bien ni
la gracia protectora de sus vidas en generaciones venideras y para
siempre del mal de la presencia terrible, de Lucifer, el enemigo eterno
del nombre sagrado de Dios y del Señor Jesucristo, en el reino de los
cielos y en toda la tierra, también, para siempre.
Y, hoy en día, por ejemplo, Dios desea que tú mismo comas y bebas de
su fruto de vida eterna, Jesucristo, para que jamás te falte de su
gracia y de su favor infinito, para que seas protegido por siempre, de
todo mal del enemigo eterno de tu vida, en la tierra y en el más
allá, para siempre. Porque Dios ha abierto la puerta del trono de su
gracia infinita, para oír siempre tus oraciones, tus peticiones, tus
mediaciones por ti mismo y por los tuyos, también, para que jamás te
falte ningún bien ni a los tuyos tampoco; y para que los enemigos de
tu vida jamás te hagan ningún mal.
DIOS HACE ABUNDAR LA GRACIA DE JESÚS PARA NOSOTROS DÍA A DÍA
Porque poderoso es nuestro Padre Celestial para hacer que abunde en
cada uno de ustedes, en todos los lugares de la tierra: toda gracia
infinita de su Jesucristo, a fin de que, teniendo siempre en todas las
cosas todo lo necesario, abunden entonces para toda buena obra, para
gloria infinita de su nombre santo, día a día y por siempre. Ya que,
la gracia que nuestro Dios nos ha dado en su Jesucristo ha sido
realmente para entregarnos también su misma vida infinita, todos los
días de nuestras vidas por la tierra y hasta que finalmente entremos
de lleno en su nuevo reino celestial, por ejemplo, como en su nueva
gran ciudad celestial: La Nueva Jerusalén Santa y Eterna.
Y ésta gracia nos mantiene siempre protegidos día y noche de los
males del enemigo, de los cuales nos puedan hacer daño, para no sólo
perder nuestras bendiciones, sino hasta también nuestra salvación, de
algún día no sólo ver la vida eterna, sino que también entrar de
lleno en ella, sin el pecado original de Adán en nosotros,
lógicamente Por lo tanto, la gracia bendita de nuestro Señor
Jesucristo es abundante y de suma importancia, en cada uno de nuestros
corazones y de nuestras almas vivientes, en esta vida y en la venidera
también, para siempre, para que jamás el pecado y sus poderes
terribles nos vuelvan hacer daño y destruirnos, como sucedió con
Adán y Eva, por ejemplo.
Es por esta razón, que nuestro Padre Celestial siempre ha de hacer,
que jamás el espíritu de gracia de su Hijo amado le falte a ninguno
de sus fieles día y noche mientras viva en la tierra, sirviéndole a
Él, en el espíritu y en la verdad infinita, del nombre santo de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque poderoso es nuestro Dios que
cualquier artimaña del enemigo que nos quiera hacer daño, para
entonces en su momento derribarlo y destruirlo, también, para que no
nos toque ni nos afecte, en ningún momento de nuestras vidas.
Porque la verdad es que nada podrá jamás hundir y destruir a ningún
mal o poder del pecado del enemigo, sino es la gracia salvadora de la
sangra bendita de nuestro salvador Jesucristo, en al tierra y en el
más allá, también, para siempre. Además, sin los poderes y
autoridades sobrenaturales de la gracia del Señor Jesucristo, viviendo
en nuestros corazones, entonces ningún hombre podrá ver ni menos
conocer, como sólo el Hijo le conoce a su Dios y Fundador de su vida,
en el paraíso y por toda la tierra, también, ¡el Todopoderoso y
único salvador de Israel y de la humanidad entera!
Y, por esta gracia infinita, la cual Dios mismo nos la ha regalado por
Jesucristo, entonces nos ha de bendecir eternamente en nuestras vidas
en la tierra y en el cielo, para llenarnos día a día de su amor y de
sus muchos favores, para que jamás nos falte ningún bien de su
abundante riquezas, terrenales y celestiales, también. Además, ésta
gracia redentora de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, no se la podrá aplicar, acomodar, a ningún ángel
caído, sino que ha sido entregada sólo a la vida de Adán y de cada
uno de sus descendientes, en sus millares, de todas las razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra.
Y, desdichadamente, éste espíritu de la gracia de Dios no podrá
jamás bendecir a ningún pecador o pecadora de toda la tierra, que no
ame a su Dios y Creador de su vida, si no es por medio del nombre y de
la sangre santísima del Señor Jesucristo viviendo en su corazón y en
toda su alma viviente, también. Porque fuera del fruto de vida, del
Árbol de Dios, no hay otro igual en el cielo ni menos en la tierra,
para que el ángel del reino de los cielos coma y beba de Él y así
viva su espíritu por siempre, delante de su Dios y Creador de su vida.
Pues así también con todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán, por ejemplo, en el paraíso y
por toda la tierra, no hay espíritu de gracia posible para ninguno de
ellos, a no ser que reciban al Señor Jesucristo en sus corazones, como
debieron hacerlo así, cuando Dios se los señalo, en el paraíso. Para
que las bendiciones de Dios y de sus poderes sobrenaturales, de los
dones de su gracia infinita y de su favor eterno, entonces sean hechos
una realidad en sus vidas, en la tierra y en el paraíso, también,
para siempre.
En vista de que, la razón del porqué Adán y Eva tuvieron que
abandonar la vida santa del paraíso, no fue porque Dios ya no los
quería en su vida, cuando verdaderamente Dios aun los amaba mucho más
que antes, que en el día que los formo, sino que fue por la falta del
espíritu de gracia, en sus vidas. Es decir, por falta del espíritu
del Señor Jesucristo, en el corazón y en la vida de Adán y de cada
uno de sus descendientes, comenzando con Eva, por ejemplo.
Dado que, si Adán no recibía el espíritu de la gracia salvadora y
sobrenatural, del fruto de vida eterna, del reino de los cielos de
Dios, el Señor Jesucristo, entonces era totalmente imposible que
ninguno de sus descendientes pudiese en su día nacer con el espíritu
de la gracia de Dios, en su vida. Por lo tanto, ambos (y sin más
demora alguna) tuvieron que abandonar el paraíso, comenzando con Adán
y Eva primero, para luego volver a sus vidas normales del paraíso,
pero esta vez (volver al paraíso) con la gracia vibrante de su gran
rey Mesías, el Hijo de David, el Cristo de Israel y de la humanidad
entera.
Para que entonces no sólo Dios se sienta feliz con cada uno de ellos,
de vuelta a su vida santa en el paraíso, sino también su Espíritu
Santo y cada uno de sus ángeles celestiales, del reino de los cielos y
de su nueva gran ciudad celestial: La Gran Jerusalén Santa e Infinita
de Dios y de su humanidad eterna, por ejemplo. Y es precisamente aquí,
en donde tú mismo entras, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
con cada uno de los tuyos, ha vivir y, a la vez, ha gozar por siempre
de la vida eterna.
De la vida celestial, por la cual el espíritu de la gracia salvadora
de tu Dios y de su Árbol de vida y de salud eterna te han creado a ti,
como asimismo ha creado a todo ángel del reino de los cielos. Para que
juntos con su Dios, vivan eternamente y para siempre: libres del mal de
la presencia abominable de Lucifer y de sus ángeles caídos, en el
nuevo reino de los cielos, como en el paraíso regenerado por Dios y
por la sangre del "Cordero Escogido", Jesucristo, o más bien, como
en su nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá.
Entonces los que viven, hoy en día y por siempre, en el espíritu
viviente del favor y de la gracia redentora de nuestro salvador eterno,
el Señor Jesucristo, pues no tienen razón alguna jamás, para que les
falte algún bien del cielo o de toda la tierra. Porque es Dios mismo
quien siempre les suple, cada una de sus necesidades, por el espíritu
de la abundante gracia de su Hijo amado, en cada uno de ustedes, por
sus millares, en todos los lugares de la tierra y aun hasta en el más
allá, también, como en su nuevo lugar eterno e infinito, del reino de
los cielos.
NUNCA HAGAN COMO SUS ENEMIGOS
Por lo tanto, no se hagan semejantes a sus enemigos, por ninguna
razón, por más razonable que sea toda ella en sus corazones o en sus
pensamientos, porque su Padre Celestial sabe muy bien de qué cosas
tengan necesidad antes que ustedes se las pidan. Porque sus
pensamientos y los sentimientos de sus corazones y hasta de sus mismas
sangre, claman a Dios día y noche para que él siempre les supla, de
acuerdo a sus abundantes riquezas celestiales y terrenales en Cristo
Jesús, Señor nuestro.
Ya que, todo lo que Dios le ha de dar a los ángeles y así también a
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, ha de ser
individualmente, por el poder sobrenatural del espíritu de la gracia,
del Señor Jesucristo en sus vidas. Es decir, que el espíritu de la
gracia de su Hijo amado "es el único canal del cielo a la tierra"
(y viceversa), para Dios bendecir a cada uno de sus hijos e hijas, de
todos ellos que le pidan siempre cualquier bien, en sus oraciones,
peticiones, ruegos y suplicas, en el nombre sagrado de su Hijo, el
Señor Jesucristo.
Por ello, sin la invocación sagrada del nombre del Señor Jesucristo,
en los corazones de los hombres y de las mujeres de la tierra, entonces
Dios no ha de contestar ninguna de sus peticiones y oraciones, para
bendecirlos en su presencia santa y de sus más ricas y gloriosas
bendiciones del reino de los cielos. Y esto ha de ser así, con cada
uno de ellos, en todos los lugares de la tierra, de su vida santa y
eternamente honrada de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo,
para que entonces disfruten de la vida celestial, por la cual los llamo
de las tinieblas para formarlos eternamente y para siempre, en sus
manos santas.
Y así vivan por siempre con Él, en su misma vida celestial y antigua,
como siempre la ha vivido con todos sus ángeles del reino de los
cielos, hasta nuestros tiempos, por ejemplo, ni más ni menos. Porque
no es posible que Dios viva con el hombre, cuando éste esté entonces
viviendo: una vida totalmente diferente e incompatible a la de Él o a
la de su Espíritu Santo o a la de su Árbol de vida infinita, el
Señor Jesucristo, en el cielo o por toda la tierra, también, por así
ilustrarlo, por el momento.
Porque Dios ha enviado a su Hijo con su verdad, con su amor, con su
favor y sobre muchas cosas más, lleno de su espíritu de gracia
celestial, para que todo hombre, mujer, niño y niña, sea entonces
bendecido por su Espíritu con sus diferentes dones celestiales y
terrenales, para enriquecer su vida cada día más y más que antes. Ya
que, después de Dios haber creado al hombre, en su imagen y conforme a
su semejanza santa, entonces le dio "el potencial" también de
crecer en Jesucristo por siempre, desde el paraíso o la tierra de
nuestros días, mirando al cielo más alto que el reino de los cielos,
de sus ángeles santos y eternamente honrados, del más allá.
Pero ninguno de nosotros ha de poder jamás crecer, para entender y
conocer a Dios, si no es por medio del espíritu viviente, de la gracia
redentora de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. Porque
éste espíritu de fe y de gracia infinita, por el cual Dios llama a
Adán y a cada uno de sus descendientes ha obedecer día y noche en su
corazón y en todos los días de su vida, ha sido y a de ser por
siempre, su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Es decir, el Señor
Jesucristo viviendo en su corazón y en su alma eterna, también, en el
paraíso y por toda su nueva creación, ya sea de nuevo de regreso en
el paraíso o en su nueva ciudad celestial, de su nuevo reino de los
cielos: La Nueva Jerusalén Eterna e Infinita de Dios y de su nueva
humanidad celestial.
Es por esta razón, de que Dios ha llamado a seguir por siempre paso a
paso a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, ya sea en el c...(message truncated)